domingo, abril 22, 2007

La tediosa lluvia al otro lado de los cristales

Llueve, llueve y llueve...

Hace más de veinticuatro horas que llueve sin prisa y sin pausa y todo indica que piensa continuar.
El llanto del cielo parece que ha decidido suicidarse estrellándose contra la tierra.
Los estremecedores relámpagos le cantan el himno de despedida, en su hora final, a cada una de las gruesas gotas que perece.
Hace pensar y penar. Y nosotros, aquí abajo presos de la melancolía e impotentes, sin saber quehacer para salvar a la lluvia de su caída letal.
Al otro lado de los cristales, el verano está tiritando de frío y se ha vuelto gris. Detrás de los cristales, la sequedad del vacío es, aún, más infame.
Si se mira abajo, la calle se ve regada por arroyuelos de muerte.
En el viento sólo aúllan los lobos.

31/01/2005

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lunes, abril 16, 2007

Historia de un taxista (en 4 minutos)

El jueves a la mañana salí tarde de casa. Seis minutos antes del horario en el que tenía que estar en la oficina.
Mi otro yo me decía: ¡No podés llegar tardeeeee!
¿Qué hago? Paro un taxi en la esquina de la avenida y listo - le dije yo, mientras caminábamos (mi otro yo y yo) rumbo a la avenida. Pero, al llegar a la bendita esquina, ví que una pareja estaba esperando lo mismo que yo: un bendito taxi.
Aparece uno. La pareja - tal como lo imaginé - se avalanza sobre el auto. Pero, antes de abrir la puerta para subir, se arrepienten y retroceden.
Miro el auto. Precioso, brillante, impecable. Parecía una 4 x 4 de grande. Miro al chófer. Raro, rarísimo. ¡Con razón no se subieron estos!, pienso. Miro a la pareja. Ellos me miran. Parecían decirme con los ojos: ¡Cuidado: no subas! Vuelvo a mirar al chófer: muy extraño. Ganas de subir no daba su presencia. Altísimo y larguirucho, aspecto hippie, agachado con su cabellera casi toda volcada sobre el volante, su cabello negro y ondeado largo hasta la cintura. Con anteojitos, estilo John Lennon, leía el diario como si aquellas letras impresas fueran todo lo que le importaba en este mundo. No era un simple taxista a la pesca de un pasajero. Ni me vio ni vio a la pareja. Miré las agujas del reloj. El tiempo no perdona. Pensé que llegaría tarde si no lo tomaba así que presté atención al número de la patente que llevaba grabada en el vidrio de atrás. Subí. En silencio, seguí repitiendo el número varias veces hasta memorizarlo. Si me pasa algo - pensé - si me mata, si me asalta, si... me voy a acordar del número de patente. Arrancamos. Ví que el hombre estaba fumando. Pero, hasta su manera de fumar y de sostener el cigarrillo entre los dedos era diferente. Le voy a hablar de algo, pensé, para ver si está dormido o despierto porque, con tanto pelo, apenas si se le veían los ojos. Le pregunté por el tiempo, si iba a llover o no. Me contestó que no sabía porque venía, desde el centro, entretenido conversando con unos pasajeros sobre temas muy profundos y que no escuchó nada de radio. Me alegré. Por lo menos, estaba despierto. Pero noté que su acento no era argentino. Seguimos viaje. Intercambiamos un par de palabras más y, todos sus movimientos seguían siendo poco convencionales. No era un taxista del montón. Además, manejaba con toda la parsimonia del mundo, como si los minutos no corrieran en las agujas del reloj inexistente en su muñeca. Y yo ¡super apuradísima! que a ese paso ¡no llegaba! En determinado momento, a cuatro cuadras de donde yo iba, detuvo el auto en seco y a mí casi me paralizó el corazón. Sólo atiné a decirle: Pero, mire que yo sigo ¿eh?.
Sí, sí, pero nos vamos a parar un momento porque tengo la puerta de atrás mal cerrada y la voy a cerrar bien.
Me avisó "no se quién"
-respondió. No entendí porque hablaba bajito y pausado. Era el monumento a la serenidad. ¡Y mis nervios a flor de piel! Acomodó su puerta sin prisas, la volvió a cerrar, volvió a subir al auto y arrancó.

Me atreví. No me podía quedar con la intriga. Junté valor y:

Yo (tratando de que mi voz sonara despreocupada): ¿De dónde sos? Porque argentino no sos. Lo digo por el acento... ¿Sos portugués?

El: ¿Eh? ¿Portugués yo? No.

Yo (sintiéndome una idiota): Ah... por la tonada se me ocurrió Portugal. ¿Sos brasilero?

El: No.

Yo: Bueno... no tiene importancia.

Silencio interminable.

El: Naci en Egipto. Pero, todavía no conozco.

Yo: ¿En Egiptoooo?

El: Sí. Cerca del Nilo.

Yo: ¿Y no lo conocés?

El: Todavía. Pienso ir a vivir allá uno de estos días.

Yo: ¿Cómo uno de estos días?

El: Sí. Cuando me parezca bien, saco pasaje y me voy.

Yo: Te entiendo; yo no conozco. Jamás estuve pero los que conocen dice que Egipto es una belleza. Me imagino que sí. Si un día tuviera mucho dinero, es un país que encantaría conocer. Debe tener una historia impresionante. El Nilo, las pirámides... sí, me gustaría verlas.



Detuvo el auto porque llegamos a destino. Apagó el reloj del taxi y le pagué, mientras abrí la puerta para bajar y seguimos hablando.

El: Es cierto. Yo viví la mayor parte del tiempo en Israel. Después otro tiempo en Nueva York. Estuve en algunos otros países por temporadas. Ahora estoy aquí.

Yo: Y si viviste en Israel tanto tiempo y en Estados Unidos. ¿Qué hacés viviendo acá?

El: Me intención es recorrer el mundo. Conocer todos los países que pueda.No tengo compromisos con nadie en ningún país. No tengo apuros. Eso me permite ser libre. Estoy un tiempo hasta que me dan ganas de conocer un lugar nuevo.

Yo: ¡Qué lindo! Y hacés diferentes trabajos, vas cambiando de tareas, no te aburrís con la rutina...

El: ¡Ah, sí! Soy libre. Además, ¿sabes? yo pienso que el día que muera no voy a llevar nada conmigo. Sólo me iré con lo que conocí, con lo que viví. Por eso quise recorrer el mundo. No conozco Egipto. Por eso me voy a ir a vivir allá, para conocer el lugar dónde nací.

Me dio las monedas del vuelto. Sacó de la guantera una tarjeta de estas de los radiotaxis y me la entregó.

El: Toma. Puedes llamar a la flota cuando necesites un viaje. Si le dices que te la dio el egipcio ya se van a dar cuenta porque soy el único.

Yo: Bueno ¡gracias y suerte!

El: Te llamas Rosa Roja ¿no?

Yo: ¿Quéeeeeee? (Me quedé helada porque acertó mi nombre) ¿Y eso cómo lo sabéeees? No tengo ningún cartel.

El: Pero te llamas así.

Yo: Sí... sí... Estoy asombrada.

El: ¡Ah! Haces bien en llevar el anillo de Atlante en tu dedo índice. Te va a ayudar con tus problemas intestinales y de columna.



Llevo un anillo de Atlante en el dedo índice de mi mano derecha. Pero el anillo no dice mi nombre ni ningún otro nombre, no tiene ninguna inscripción ni relata mis dolencias.

Yo: Gracias.

El: Si alguna vez llamas a la flota, quizás tienes más tiempo y podamos conversar con mayor profundidad.

Yo: Sí, quien sabe, las vueltas de la vida, nos volvemos a encontrar. ¡Adiós!

El: Que el día de hoy te llene de luz.

Me bajé. Llegué a la oficina un minuto tarde pero valió la pena.

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domingo, diciembre 17, 2006

Historias de café/1

Desde el arco de la tarde, la observo de espaldas en una silla. Continúa sentada mientras mi cigarrillo se consume en el hielo. Tiene puesta una ruana de lana verde, verde musgo como la piel que lleva adherida desde hace años. Sólo se percibe la punta de un pañuelo asomando apenas, del costado izquierdo, en la solapa del cuello de su camisa blanca y roja a cuadros. Lo único que se percibe es el movimiento de sus brazos, de sus codos. De espaldas, alza la mano derecha - lo único al desnudo de su piel - mientras habla con el hombre que la acompaña en la mesa. Por un instante, muestra su perfil derecho. Con pudor, se anima a mirar por la ventana. Tres mesas delante de la mía. Guarda su recato, su postura y escucha. Escucha hablar, mira cómo bebe un jugo de naranjas su compañero con anteojos. Continúa mostrando su perfil derecho.
La vida es oblicua, anodina, gris. No lo sabe, prefiere no saberlo. Se reclina sobre su espalda para observar un servilletero enrollado sobre la mesa. Lo mira con los ojos fríos, ausentes, como quien mira sin ver.
Se endereza en su silla, en su altura. Se pone de pie. Su mano derecha, en un gesto maquinal, describe el aburrimiento de la existencia. La costura de su abrigo en la espalda se mantiene, sobre la columna vertebral, cayendo torcida. Verde musgo es su costura. Está inmóvil. Casi igual que yo, excepto que mis costuras no saltan a la vista.

Córdoba, 05 de Agosto de 2003

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sábado, diciembre 02, 2006

En la cripta con Lovecraft de madrugada

"No era el fruto de los mundos ni de los soles que puedenverse relucir en los telescopios y placas sensibles de nuestros observatorios."
H.P. Lovecraft

A la memoria de N.D.

Había terminado de leerle el "El terrible anciano" de Lovecraft. Le gusta que le lea mientras permanecemos sentadas, frente a frente, tejiendo la noche.

Teníamos la piel y las miradas congeladas de terror. Se nos quebraba la respiración. Entonces, hicimos un paréntesis para servirnos otro vaso de cerveza.

Mientras bebíamos en la penumbra, el silencio se había convertido en el rey de la madrugada.

Cuando Lovecraft surtió efecto en el alcohol, comenzó a hablarme muy quedo, muy lento. Me contaba anécdotas de su niñez, allá lejos y hace tiempo, cuando se escapaba de la escuela, de algunas horas de clase.

-- ¿Sabes a dónde iba?, me preguntó.
-- Al cementerio - casi susurré con la voz entrecortada, pero con absoluta seguridad- Me lo habías dicho ya antes.
--Es cierto. Ya no lo recordaba... Ir al cementerio me encantaba...
-- ¿Y qué hacías allí?, pregunté algo estúpidamente.
-- Paseaba. Me gustaba mucho caminar por entre las tumbas. Había una quietud indescriptible, un silencio... (Hizo una pausa). Muchos dicen: "Yo ni en la paz del sepulcro, creo." Yo creía... Me encantaba el silencio. Caminaba en puntillas de pies, no quería ni respirar por eso.

Mis ojos observaban desorbitados, mis oídos hubieran preferido no tener tan buena audición en aquel instante. La contemplación global de la escena me resultaba pavorosa. Estaba con mis brazos fuertemente pegada al respaldo de la silla. Pero, el relato continuaba:

-- Ahora hace bastante que no voy. Después que ella murió espacié un poco las visitas. Pero, la recuerdo siempre, ¡siempre! Parece que eso no es bueno, pensar tanto en los muertos. Dicen que las almas necesitan despegar, lograr la paz que necesitan y que a los tres años ya es hora de dejarlas partir definitivamente. Y ya hace tres años que ella murió...
La última vez que fui a visitarla, hacía tanto que no iba que no recordaba demasiado bien donde estaba, pero me detuve a pocos pasos de la entrada, eché una mirada y enseguida me di cuenta cual era el camino. Dije: "es allá". Tenía puestas flores artificiales. ¡Ella las odiaba! Decía que eran eso, flores artificiales, flores muertas. A ella le gustaban las fresias. Por eso, yo le pongo rosas y fresias. Le llevo cigarrillos y caramelos "media hora".

Sus verdes ojos estaban muy lejos de su rostro, muy lejos de aquella habitación. Para cortar la mirada perdida y traerla nuevamente a su lugar de origen, le serví el resto de cerveza que quedaba en la botella.
-- Gracias, dijo.- Y sentí que mi propósito dio resultado.
-- ¿Te leo otro cuento?
-- Sí, me encanta que me leas.-- dijo ya con una sonrisa en los labios.

Su semblante era otro. Pero, una nostalgia infinita continuaba aún grabada a fuego en su rostro. Tomó mi mano izquierda y la cubrió de besos. Después, la cerró con la suya.

--Guardalos -dijo con una voz apenas perceptible que me conmovió muy íntimamente.-- Son besos locos. Se escapan. No conocen de prisión.Nada dije. A veces, las palabras no alcanzan. Siempre pensé que el idioma carece de palabras suficientes para describir todas las sensaciones que un ser humano es capaz de percibir.

-- Bueno, te voy a leer entonces... a ver... déjame ver... a ver... sí, éste: "Aire frío".

Y nos introducimos completamente en aquel cuento donde un hombre había muerto hacía dieciocho años y se mantenía vivo por congelación. Su mente cambió el rumbo de los pensamientos conducida por la mano de Lovecraft.

Al terminar de leer el cuento estábamos, otra vez, mirándonos frente a frente.
Me besó y escuché ruidos de pájaros extraños afuera. Me separé suavemente de su cuerpo y le pregunté, apenas con los sonidos que me quedaban claros todavía:

--¿Escuchas los pájaros? - le pregunté.
-- Son las cuatro de la madrugada. A esta hora no hay pájaros...

El pánico se apoderó de mí.

-- Por favor... ¿podríamos cerrar todas las ventanas antes de ir a dormir?
-- Sí, querida - dijo. Y agregó:
-- Somos mudos testigos de nuestros actos. No podemos hablar de nosotros mismos. Sólo estas cuatro paredes nos protegen de las miradas indiscretas.

Se dirigió a cerrar las ventanas de la enorme casa. Yo tenía la piel y la mirada congelada de terror y Lovecraft ya estaba dormido sobre la mesa.

14 de Noviembre de 2000.

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miércoles, mayo 04, 2005

Diana

Fotografía: "Diana/Artemis" Stepping Stone / Garden Plaque, por Ann & Jon Maglinte.
Yo estaba de pie con los ojos cerrados, vertical entre los muertos, cuando la vi. Sobre mi espalda se arrastraba el peso devastador de aquellos mezquinos e impunes cadáveres que no molestarán. Lo más interesante de algunos muertos es que ya no pueden decir (digo bien ‘algunos’, sí, porque no es bueno generalizar y meter a ‘todos’ en la misma bolsa, hay ‘otros’ que sí nos hablan y ¡qué suerte que lo hagan!).
Permanecía allí en medio de la nada.
Diana comenzó a caminar paseándose por un pasillo curvo de calas amarillas. Conté sus pasos: noventa y ocho pasos dieron sus zapatos en un ir y venir como noventa y ocho campanadas que retumbaban detrás del pequeño círculo de aquella ventanilla. Miré sin ver, con mis ojos sumergidos en el vacío, desde la contundente miseria que exhibe cada uno de los muros. En silencio.
Me invitó a un café y me senté a la izquierda, a su lado. Presentí que era un ser humano. Hacía calor y tenia sed. Me miró y sólo le pedí agua. Me ofreció tres vasos, me dio el suyo también. Parecía la celebración de algún aniversario perdido en el tiempo. La mañana nos deleitó con un cielo diáfano del que emergieron sesenta y cuatro rosas rojas para ornamentar a los duendes que revoloteaban en la invisibilidad del aire. Pude verlos: llevaban las flores que colgaban de sus cuellos como guirnaldas matemáticamente dispuestas de dos en dos.
Mi vientre y mi garganta intentaron esconder los harapos de la desconfianza para que no saltaran a la superficie en un estallido atroz. Aquello hubiera resultado ininteligible en aquel momento, en aquel lugar. De haberse disparado alguno de ellos, hubiese quedado con la indigencia al desnudo después de los alaridos: ‘¡Ya no creo en nada, en nada!’, ‘¡Ya no creo en nada ni en nadie!’. No, mejor no. Preferible continuar en el mutismo, sí.
Las calas amarillas se habían esfumado misteriosamente.
Las mesas estaban ordenadas como para un banquete: blancas, redondas, limpias, delicadas. Diana apareció enfundada en unos pantalones blancos y camisa negra. Blanco y negro, pensé: la dicotomía entre la claridad y la oscuridad, las dos únicas caras posibles de esta vida incolora. La noche era cálida, el cielo estrellado. Conté nuevamente sus pasos que subían y bajaban escaleras y ascensores, también sus pasos hasta el escenario. Mil novecientos noventa y ocho pasos en toda la noche. Bebí dos copas de vino y un par de botellas de agua mineral. Aquello sí que parecía la celebración de algún otro aniversario que la gloria me ha robado.
Diana estaba sentada fumando un cigarrillo. Yo permanecía de pie pero con los ojos abiertos. Fue entonces cuando ella me dijo... ella me dijo... ella me dijo... Y yo le creí. Volví a confiar en las palabras de alguien nuevamente. Le creí.
Los cuerpos de los hombres y de las mujeres flotaban como si tuvieran vida propia. Las luces dicroicas esparcían, como flechas, sus rayos rojos, azules, verdes, del suelo hacia el techo. Miré a mi alrededor. No había pasillos, ni cadáveres, ni calas amarillas. De las estrellas parecían desprenderse sesenta y cuatro rosas rojas como fuegos de artificio para un festejo inesperado.
Las hadas invisibles parecían sonreír al son de una música muda.
Mi vientre y mi garganta escondieron los harapos de un vestido con bolsillos desfondados por las monedas ausentes.Aún le creo. Será mi diosa de la luna.
04/05/05

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domingo, enero 23, 2005

Champagne de Nochebuena

El brindis, a veces, es... volver al pasado.

En el final de la noche se produjo un encuentro de tantos. El diálogo conocido abrió, de repente, un espacio común e íntimo reservado al fuero interior.

La calle casi solitaria, avivada por los ruidos de los fuegos de artificio, emanaba un humo semejante a aquellos recuerdos de infancia.

Las palabras entrelazadas de nostalgia devinieron en una especie de extraña proximidad como método, inconsciente tal vez, para soportar las sombras lejanas y presentes en un intento de búsqueda de luz.

Entre caerse al abismo solitario de la madrugada, deslizándonos peldaño a peldaño hasta acabar en un pozo de penumbra, y la cita adeudada desde hacía tantos años la elección era más que obvia: una asignatura pendiente, una frontera que no nos atrevimos nunca antes a traspasar. Miedo. Miedo a quebrantar ese manojo de memorias de otros tiempos donde la vida era, sencillamente, felicidad.

Con resquemor nos animamos. Con ese temor del cristal que puede hacerse añicos, con el resguardo de lo intacto de antaño, pero por sobretodo con respeto - con ese respeto que inspira pánico - pudimos romper la barrera del silencio y atrevernos a reabrir aquel canal de comunicación merecido y necesario, esfumado por el tiempo.

La imagen de la muerte sobrevolaba nuestras cabezas en un halo invisible pero nítido y perceptible. Sin embargo, estábamos allí – o lo que queda aún de aquellos que fuimos - y estábamos vivos. Ella entre los dos y nuestro dolor en común, aunque diferente. Sabíamos eso. Se leía en nuestros ojos y en nuestro silencio. Tímidamente, nos decidimos a enfrentar tiempos pasados para rehacer el hechizo provocado por la maldita pérdida.

La ciudad de Buenos Aires estaba triste y apagada mientras caminábamos por la Av. Santa Fe en busca de la ruta de la recuperación. Sin embargo, no desconocíamos que las alas blancas de los ángeles nos conducirían en la dirección que pretendíamos encontrar, en dirección correcta a la luz.

Una vez en el sitio indicado, pudimos relajarnos y respirar. Habíamos logrado quebrar la muralla del silencio. Un poco de música fue menester para comenzar con las evocaciones de ese pasado que aún hoy nos hiere, aunque de modos diferentes, pero una herida es herida siempre, a pesar de que sus matices no sean los mismos para él que para mí. De modo que enseguida comenzó a sonar aquella vieja música de la década de los setenta: la guitarra y su voz grabada en vivo de los años de juventud donde las esperanzas eran, entonces, como un sol naciente. El sonido emitido por la cinta del gastado casete reproducía las canciones escritas en épocas donde la vida era sinónimo de alegría todavía para él.

Dos sillones negros enfrentados, reclinables y cómodos, fueron testigos perfectos de una noche inequívoca para despejar la nieve que nos cubría el alma. En la mesita ratona tan sólo un cenicero conocido y dos copas con champagne bien helado, añejo y burbujeante aguardaba por un brindis especial.

Hablar de la muerte significaría tocar el abismo con las manos, hurgar en el dolor. Lo mejor era no hacer alusión si, de todos modos, ella estaba allí, emergiendo en el aire, en medio de ambas copas. Sólo me dijo: “desde que no está mi familia se desintegró, todo se desmoronó... Me quedé solo”. Comprendí. Diferentes sentimientos pero idéntica sensación.

No había más que decir acerca de eso. Lo mejor sería poder expresarse, sacar afuera anécdotas, remembranzas... Traer al presente claves conocidas que nos permitieran cerrar grietas subyacentes de una nostalgia palpitante. ¿Ahuyentar fantasmas?

Brindamos y bebimos aquel champagne a pequeños sorbos releyendo poemas de aquellos tiempos. Hora de poner punto final a las evocaciones por aquella Nochebuena. Hora de regresar.

El camino a casa se hizo lento, paso a paso, como si no quisiéramos que la noche terminase. Ambos sabíamos que habíamos logrado una mejoría imprescindible para afrontar los días nuevos y que, muy seguramente, no volveremos a repetir un encuentro similar.

La Nochebuena había llegado a su fin y en las avanzadas horas comenzó a clarear la aurora.

29-12-2002

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Mujer Divididda

Mujer entre Dios y el Diablo

Las huellas del Diablo apoderadas de la mente. En el cuerpo, una hoguera asfixiante del sofocamiento compulsivo. En el alma, la bondad de los cristianos marcada a fuego en la profundidad de las arterias. Foránea mezcla de la división del ser. De un ser mujer sin nombre definido que busca en la inopia el descubrimiento de sí misma.
Mujer sin vientre. El cuerpo desnudo provoca vergüenza al revelado, como una fotografía mal quitada al trasluz del nacimiento. Útero inocente, desprolijo. Vergüenza maquillada, ondulada en sedas de mares blancos.
Mujer con alma. En la fe constante en Dios, se prende el escapulario que cuelga del cuello como una presidiaria sin salida a la creencia cincelada por años, merced a la arcilla del crecimiento. La bondad transformada en dulzura desfila lentamente, entonces, por senderos ilimitados.
Mujer con mente. Ciega, atrofiada. En gruesos cordones de soledad huidiza busca respuestas inexistentes en comarcas inventadas.
Satán la encuentra y la cobija. La invade y la penetra, moldeándola como cera en manos de un mediocre artesano que jamás terminará su obra.
El juicio taladrado explota. Sobreviene la ira irreversible incorporada tras el frío interior de una soledad ahuecada en la matriz del infortunio.
Sin prisa, el viento de la noche avanza firme y se la devora como una hoja de otoño a la deriva que cae en manos criminales apoderándose del opaco sabor de la desdicha. El bien. El mal. La soledad. La ilusión del amor. ¿El terror al futuro? ¿El miedo a la muerte?
Vence el demonio en un juego macabro de vida coartada, apenas adherida al mundo por la fuerza de unos pies ajenos que la deslizan en una danza desencajada. Esa danza que gira y gira hasta hacerle sentir que ya de nada sirve ser mujer y ser auténtica.
Mujer descolorida plagian. Ni roja, ni blanca, ni negra. Ni Dios, ni cruz, ni olvido, ni defensa que valga. Sólo un demonio que se apodera de los pasos perdidos para siempre en la niebla de un espacio desconocido y lejano.
Un Leviatán que aúlla en noches de luna llena.

27-06-2002

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Crónica del diálogo

No había tiempo suficiente para palabras de interés. Frente a frente, intercambiaban una mirada ligera como al pasar, una comida con prisas, echaban un vistazo a las agujas del reloj porque el tiempo apremiaba. Las tareas diarias estaban pendientes por hacer. Y por hacer había demasiado.
Es la lucha por la vida o por la supervivencia, el afán cotidiano de los que pelean a brazo partido para obtener un plato de comida, un paquete de arroz, una pensión, una bolsa de pan. Salir a la calle a batallar a cualquier hora del día o de la noche. Eso no importa. Pero tienen que defender lo que no poseen, lo que necesitarían poseer para vivir una vida más digna.
Esa contienda es el esfuerzo transformado en el arrebato en que se consumen sus horas. No se dan cuenta, no pueden percibirlo. El tiempo pasa pero no pueden verlo. Día tras día, mes tras mes, año tras año y la vida continúa.
En la espera, beben apresuradamente, limpian la mesa, lavan la ropa, riegan las plantas, se visten en un segundo y salen raudos porque el tiempo los apremia. En medio de tanta prisa no se puede hablar de nada. O sí se puede, pero carece de sentido. No están en condiciones de escuchar. Están listos y armados interiormente, sólo, para escuchar lo que sucede afuera, en la calle, donde está la crisis, donde acecha el enemigo: la pobreza, la falta de piedad.
No hay nada de qué hablar, nada interesante acerca de qué debatir. La urgencia los envuelve de tal forma que se ven atrapados en la dirección contraria a sus hogares.
Es tarde ya. La hora se ha ido. Regresan disfónicos de tanto grito, de tantas voces hablando fuerte a la vez, de tanta deliberación. Llegan cansados, alterados. No hay modo de iniciar un diálogo. No hay sentido tampoco. Al final del día están agotados, nerviosos. La jornada no fue productiva, evidentemente. Habrá que esperar hasta el día siguiente cuando, seguramente, las cosas mejorarán. ¿Mejorarán? No lo saben, pero mantienen intacta la esperanza. No se les puede quitar la creencia. Es lo único que poseen: la esperanza en un mundo mejor. ¿Hay derecho a arrebatarles la quimera? No, no lo hay.
El silencio continúa como si fuera un grifo mal cerrado que pierde agua. No lo notan. No es que no quieren, no pueden reparar en él. No hay tiempo suficiente para detenerse a escuchar las voces del silencio. No es importante lo que sucede adentro; lo único importante es prepararse para que los de afuera no invadan. El resto es obnubilación mental.
Y la vida continua, claro. No puede inmovilizarse solamente porque se trata de ellos. Las agujas del reloj siguen su curso y el tiempo se va. ¡Lástima! Se pierden lo mejor de sí: el diálogo con el alma, el diálogo con el otro que está allí para escucharlos. Por atrapar las horas que se van, se pierden el tiempo que jamás regresará. Por salir en busca de un ideal se están perdiendo un rato más en la almohada, la escondida del sol, el intercambio de miradas, la voz interior.
En pos de la ilusión de una vida mejor pierden la ocasión de vivir la única que existe, pierden el diamante más valioso que poseen: el tiempo para sí mismos. ¿Ceguera espiritual? ¿Errada ilusión?

Córdoba, 01-09-2003

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Las Letras que Salvan

“cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y
las palabras no guarecen, yo hablo”
Alejandra Pizarnik

Cuando el afuera es sólo viento, noche y mutismo y las uñas escarban hasta clavarse en el fondo para toparse con la carencia, lo único que acude para rescatar al ave es la palabra.
Cuando el mar se hace día y se transforma la quietud en esa maraña insufrible de bullicio, descienden al desierto una multitud de peces de colores que abren la celda a las puertas de la fantasía.
Cuando el mediodía ahoga su calor en el hundimiento y todo lo que hay es un testimonio del vacío, los platos se cubren con hierbas energizantes que reemplazan la falta de abundancia.
Cuando baja el sol al caer la tarde y los puñados de arena se escabullen por entre los dedos hasta que ambas manos abiertas se ven huecas, aparece un gnomo - que se ha quedado agazapado desde las horas de la siesta en algún rincón – para liberar a las sombras abatidas mientras entretiene con sus juegos y logra que la mente no cavile.
Cuando regresa la noche mientras espera que la madrugada haga su ingreso y la montaña parece desmoronarse encima con su peso, el insomnio se vuelve el amigo inseparable del silencio.
La agobiante miseria se filtra por cada poro desde lo más recóndito del pozo interior de la casa hasta alzar la mirada y llegar a la cumbre del cerro. No existe nada ya de qué asirse para poder iniciar la escalada. El mundo falaz se ha convertido en una gigantesca piedra negra que no da ni una diminuta oportunidad de resurgimiento.
Pero, en medio del fango de indigencia, baja una musa como el ángel de una mariposa de alas abiertas y nos deja su flujo de letras. Uniendo los eslabones, para armar con esas palabras de aliadas un faro, se logra arribar ileso a otro nuevo y angustioso amanecer. El trino de los pájaros en las ramas de la calle parece que las aprueban.

17-01-2005

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